El anciano sólo hacía lo que debía. Nadie lo comprendía. Nadie sabía quién era. Decidió alejarse de todo y de todos, hasta que, de nuevo, alguien volvió a llamar a su puerta.
Los maderos crepitaban en la chimenea, despidiendo haces intermitentes de luz mortecina que daban a la sala un aire fúnebre. El anciano, cumpliendo un ritual diario, cogió con mimo la foto en blanco y negro -donde Helena aparecía sentada en un columpio con el bebé en brazos- y la puso cerca de la chimenea, iluminada a duras penas por las ráfagas anaranjadas del fuego.
Después, arrancó el gramófono y el chirrido de la aguja sobre el disco le reconfortó. Aún funcionaba lo suficientemente bien como para que la voz de Aurelio Anglada llenara la sala -como no podría hacerlo chimenea alguna- con Tosca.
Y brillaban las estrellas,
Y olía la tierra,
Chirriaba la puerta del huerto,
Y unos pasos rozaban la arena…
Entraba ella, fragante,
Caía entre mis brazos…
Como siempre, en el aria de Caravadossi no pudo reprimir una lágrima furtiva. Le evocaba a Helena. Aún podía verla en el jardín, con aquellos vestidos vaporosos de colores pastel, seleccionando con mimo las rosas rojas más frescas y fragantes para ponerlas sobre la cama. Era la ofrenda diaria que le hacía a quien había renunciado a todo por ella.
¡Oh, dulces besos! ¡Oh, lánguidas caricias!
Tan frágil. Tan delicada. Nadie pudo saber nunca qué encontraron el uno en el otro como para que ella aceptara ser su esposa y él dejara atrás una vida que apostaba cada madrugada a todo o nada.
Helena le miraba ahora desde el pie de la chimenea, con esa expresión llena de ternura con la que había derrotado el salvajismo primigenio de su corazón, mientras mecía delicadamente al pequeño Matías. Con su cara redonda de queso, ignorante a todo lo no que fuese seguir con atención la dulce tonada con la que su madre le acompañaba hasta el sueño.
De repente, Anglada cambia el tono. Su voz se vuelve angustiosa, dolorida.
Se desvaneció para siempre mi sueño de amor…
El tiempo ha huido…
¡Y muero desesperado!
¡Y muero desesperado!
¡Y nunca he amado tanto la vida!
¡Tanto la vida!
Y sólo queda allí el triste relampagueo anaranjado de la chimenea, una foto ajada por el tiempo y un anciano presa de la tristeza que no puede contener las lágrimas por todo lo que pudo haber sido y le fue arrebatado de un golpe inmisericorde.
-¿Qué quieres? -masculló, con la cabeza aún apoyada sobre las rodillas, sin hacer la menor intención de levantarse para ver quién era.
-¿No va a abrirme? –dijo una voz ensombrecida tras la ventana.
-¿Qué quieres, maldita sea? -volvió a preguntar, elevando un poco más la voz.
-Tengo que hablar con usted… Es importante.
-Lárgate.
El pescador fumaba haciendo volutas y observando por la ventana la noche estrellada. A lo lejos, en dirección a la playa, se veía una columna de humo. Otra moraga, quizá.
Repentinamente, una sombra se cruzó en su visión, provocando que casi se cayera de la butaca.
-¿Pero se puede saber qué haces, soplapollas? -le increpó al tiempo que se incorporaba.
-Necesito… -se oyó decir al extraño antes de que el anciano cerrase de un fuerte golpe la ventana.
-¡Yo no voy a casa de nadie a molestar ni a incordiar! –gritó-. Y, una a una, fue cerrando las contraventanas de la cabaña.
-¡No voy a moverme de aquí hasta que hable conmigo! –gritó a su vez, sentándose en las escaleras del porche.
-¡Haz lo que te dé la gana, majadero! ¡A mí qué me cuentas!
El anciano fue a la cocina a prepararse algo para comer. El cabreo le había abierto el apetito.
Mientras cenaba, no podía evitar pensar en el tipo que seguía sentado en sus escaleras.
-¿Se puede saber por qué me tocan a mí todos los ceporronacos? -dijo para sí- ¿No hay nadie más a quién dar por saco?
Terminó de cenar, fregó los cacharros, preparó los aparejos de pesca para el día siguiente, se desvistió y se metió en la cama intentando quitarse al extraño de la cabeza. Pero, después de dar varias vueltas, se levantó.
-¡Maldito idiota! Míralo. Ahí sigue, muerto de frío -espetó al tiempo que abría la puerta de la cabaña-. A pescar no vas a aprender nunca, pero dar por culo se te da bien.
El joven pescador, al sentirse reconocido, se incorporó de un salto.
-¡Vete a tu casa! -le gritó.
-Tengo que hablar contigo -insistió.
-No vas a irte hasta que no te escuche, ¿verdad?
-…
-Anda, entra… ¿Tienes hambre…? ¿Y cómo te llamas? ¡Demonios, te he visto mil veces y no sé ni tu nombre!-le preguntó mientras el joven pasaba a la sala y él ponía a recalentar un poco del caldo que le había sobrado de la cena.
-Gracias –acertó a decir intentando entrar en calor ante la chimenea-. Me llamo Manúo… Yo… Los libros… ¿Cómo se llama usted?
-Yo no soy nadie… ¿De qué libros me estás hablando?
-Me he presentando, podía hacer usted lo mismo -musitó.
-¡Que te he dicho que no soy nadie! ¿Manúo? ¿Quién te puso ese nombre, chico?
El llamado Manúo ignoró la pregunta y la risotada.
-Nadie… Bueno, pues le llamaré así: Nadie.
-Llámame como te dé la gana. ¿De qué libros hablas? –insistió, dando muestras de estar perdiendo la paciencia.
-Están quemando los libros…
El viejo búho del roble ululó a la luna.
Y la luna guardó silencio.